Las demandas a los psicólogos en situaciones de emergencia son variadas, pudiéndose dividir en tres fases diferentes. En las primeras, dichas demandas suelen ser: Contactar y conectar; ofrecer protección y seguridad; proporcionar información veraz; facilitar la comprensión; asesorar a los allegados de los afectados; mediar en conflictos; identificar y reducir los pensamientos distorsionados que puedan surgir; explicar la normalidad que hay en las reacciones emocionales, cognitivas, fisiológicas y conductuales que pudieran manifestar los implicados; dar claves para reducir la ansiedad; vigilar que el afectado duerme, come y bebe; indagar si hay psicopatología previa; fomentar y reforzar las estrategias de afrontamiento, el sentimiento de control y de autoeficacia; valorar factores de vulnerabilidad y protección; identificar posibles derivaciones profesionales; buscar apoyo social y/o especializado; preparar a la persona para reconocer cadáveres y acompañarla en el momento si así lo solicita; acompañarla en el entierro si así lo solicita. En fases posteriores, algunas de las demandas consisten en: realizar seguimientos, observar el proceso de asimilación de la pérdida, ayudar a elaborar el duelo, comprobar si ha habido pérdida de funcionalidad con respecto a la vida que llevaba antes del suceso, valorar las estrategias de afrontamiento, la autoestima o el sentimiento de autoeficacia, ayudar a la toma de decisiones, identificar los aspectos bio-psico-sociales que puedan estar interfiriendo en la adaptación a la nueva situación, o derivar a profesionales especializados si fuera necesario. A muy largo plazo, hay que comprobar que la persona ha conseguido rehacer su vida y adaptarse al cambio que supuso aquel suceso. Lo cual no significa olvidarlo, sino no seguir atrapado por él.
Aunque los miembros que forman los equipos de rescate y de apoyo puedan experimentar sentimientos de satisfacción laboral y de enriquecimiento personal por haber ayudado a otras personas en situaciones dramáticas, también se han descrito reacciones negativas en dichos profesionales tras intervenir en estas circunstancias. En los años 60 del siglo pasado, varios autores destacaron el impacto y deterioro psicológico a largo plazo por el que pasaron los miembros del equipo de primera respuesta al bombardeo atómico de Hiroshima y, en los 80, los miembros de los equipos de rescate llegaron a ser conocidos como "las víctimas ocultas de los desastres". Tanto los equipos de rescate, como los de apoyo, se enfrentan a un riesgo laboral debido a la elevada exigencia emocional que demandan estas intervenciones, pudiendo manifestar, tras ellas, "síndrome de fatiga por compasión", también conocido como "desgaste por empatía" o "estrés traumático secundario".
Las medidas para hacer frente a esta exigencia emocional del trabajo son variadas y todas dependen de la cadena mando. En un nivel primario, se debe formar al personal, tener protocolos de intervención, crear normativas que agilicen las distintas labores y hacer simulacros de entrenamiento. En un segundo nivel, se deben tener en cuenta las vicisitudes por las que están pasando los intervinientes en su vida privada antes de enviarlos a intervenir (problemas familiares, enfermedades o muertes cercanas de seres queridos, etc.), establecer turnos de descanso, darles el apoyo material necesario para realizar su trabajo, así como apoyo afectivo o reconocer la importante labor que realizan para la institución que representan y para la nación. Una vez acabada la intervención, se debe marcar una fecha para la puesta en común, la supervisión afectiva y la retroalimentación.
Tanto la capacidad de mantenerse estable, como de recuperarse tras acontecimientos traumáticos, se denominan resiliencia psicológica. Además de esta habilidad para resistir o adaptarse a situaciones difíciles, se ha descrito otra característica muy frecuente en personas que han sufrido un trauma y es la capacidad de experimentar crecimiento interior. Esta evolución positiva, denominada "crecimiento postraumático", se asocia con una percepción renovada de la vida, un cambio en las prioridades, aprovechamiento de nuevas oportunidades, fortalecimiento interior, mejoría de las relaciones personales y cambios espirituales (asociados éstos, o no, a sentimientos religiosos). Estas vivencias las han experimentado personas que se han enfrentado a diferentes tipos de traumas, como procesos de enfermedad grave o terminal, distintos tipos de duelo, o haber sobrevivido a guerras y catástrofes naturales.
El apoyo psicológico en situaciones de emergencia y crisis consiste, en resumen, en movilizar los mecanismos innatos y adquiridos de resiliencia de los afectados, con intervenciones en tres fases y basadas en la evidencia demostrada. Así, se agiliza la activación de sus estrategias de afrontamiento ante la situación y, en fases posteriores, se favorece la adaptación, superación y el crecimiento postraumático.
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